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lunes, 2 de noviembre de 2009

HEINRICH HEINE, LA PRINCESA Y EL ESCLAVO























Por Jose Carlos Contreras


Heinrich Heine no tenía pelos en la lengua, en su tiempo como ensayista y periodista decía las cosas con una ironía que hizo tiritar de rabia a pocos o ¿a muchos?. La verdad duele. Heine lo sabía. Pero, por otro lado, su calidad como poeta es portentosa: leerlo en idioma alemán es un oficio placentero. Por algo las primeras traducciones de la poesía de Heine ejercieron una gran influencia en la lírica española de la segunda mitad del siglo XIX (1). En la tierra que le vio nacer le crecieron los enemigos como hongos (2). Sin embargo él no se amilanó, porque con el tiempo su arte crecería más que sus censores. Los enanos de la cultura y otras artes siempre han visto crecer su sombra cuando el sol ha bajado, pensaría una vez Heine. Heine, considerado el último poeta del romanticismo, como ensayista, periodista y crítico practicó la profesión sin tabúes: directo, satírico, polémico y sobre todo, político (eso se desprende de las pocas intervenciones lectivas que he tenido con algunos de sus escritos). Es muy raro encontrar en la historia de las letras a una personalidad como Heinrich Heine que se batía con la pluma poética como los ángeles y por otro lado, con la prosa, como un perfecto observador, con ojo zahorí, a la que muchos temían como si fuera un demonio sobre papel (3). Heine los sobrevivió y Heine nos sigue regalando frescamente los más hermosos versos escritos en la lengua alemana.


Heine nació en Düsseldorf en 1797, ciudad a la que adoraba tanto y a la que no vio cuando le llegó la muerte en París en 1856; sino, pues, lean este retazo de su libro “Ideas. El Libro de Le Grand" que escribiró en 1827.


"La ciudad de Düsseldorf es muy bonita, y cuando desde lejos se piensa en ella y da la casualidad que se ha nacido allí, el ánimo se torna extraño. Nací allí y para mí es como si debiera ir inmediatamente a casa. Y cuando digo ir a casa, quiero decir a la calle Bolker y a la casa en la que nací".


Heine me recuerda mucho a César Vallejo, ese poeta peruano que también le sobrevivió a sus detractores, que, dicho sea de paso, le mandaron a sembrar papas a su natal pueblo andino por atreverse a escribir poesía en el huerto de las élites culturales de su país: Lima. Vallejo se fue a París. Allí murió como Heine.


Los primeros poemas de Heinrich Heine, como por ejemplo, „Ein Traum, gar seltsam, Mit Rosen, Zypressen“, lo publicó en un diario de Hamburgo en 1816 con el seudónimo Sy. Freudhold Riesenharf, porque no quería que un tio suyo, que lo apoyaba económicamente y que no veía con buenos ojos sus avatares poéticos, se enterara (4). Cinco años más tarde, en 1821, publicaría su primer poemario „Gedichte“.


Lo que nos importa ahora es recordar al poeta Heine, porque desconozco en demasía al crítico y político, al periodista y reportero de viajes. Latinoamérica y España no conoce tampoco mucho sobre esa faceta. Interesante sería leer algún día sus opiniones sobre los prolegómenos de la revolución que azotó a Alemania en 1848, o sus discusiones con otros escritores, o sus críticas sobre música a pesar que Heine no llegó a tocar ningún instrumento musical. Por ahora les regalo este poema alemán traducido por un servidor. Apúntense a Heine, que vale la pena. Yo he vuelto a redescubrir a Heinrich Heine desde la tierra que lo vio nacer.


El poema que he traducido se llama „Der Asra“, algunos lo han traducido como el rey moro (toda traducción es una manipulación del original y siempre una traducción es una mala fotocopia). El poema aborda el encuentro de dos jóvenes, una princesa y un esclavo, en los alrededores de una fuente. Ellos se ven diariamente cuando llega el ocaso, hasta que un día la princesa pregunta al esclavo de donde viene y cuál es su linaje. El esclavo le responde que viene de Yemem y que su tribu pertenece a los hombres que mueren de amor cuando aman. El texto es un hermoso canto al amor (¿al amor platónico?) y sobre todo a la unión de los seres a través de la naturaleza: el agua y la caída del sol. El encuentro del esclavo y la princesa forma parte de una bella metáfora de la vida que nos ponen delante la belleza de una mujer y el orgullo de un joven enamorado. El poema llama la atención por su sencillez, pero sin embargo su enorme sentido humano lo hace sumamente importante, ya que traslada en el mismo, el sentido piramidal de la sociedad en que se mueven los personajes, que se rompe y se convierte en un“ tú a tú“ cuando la hija del sultán habla con el esclavo. El poeta utiliza el sustantivo, tarde, tres veces; y, agua, fuente y esclavo, dos.

DER ASRA


HEINRICH HEINE


Täglich ging die wunderschöne

Sultanstochter auf und nieder
Um die Abendzeit am Springbrunn,

Wo die weißen Wasser plätschern.


Täglich stand der junge Sklave

Um die Abendzeit am Springbrunn,

Wo die weißen Wasser plätschern;

Täglich ward er bleich und bleicher.

Eines Abends trat die Fürstin

Auf ihn zu mit raschen Worten:

»Deinen Namen will ich wissen,

Deine Heimat, deine Sippschaft!«


Und der Sklave sprach: »Ich heiße

Mohamet, ich bin aus Yemmen,

Und mein Stamm sind jene Asra,

Welche sterben, wenn sie lieben.«


DER ASRA (5)


HEINRICH HEINE


Cada día va de arriba a abajo

La bella hija del sultán

Cuando cae la tarde va a la fuente

Donde cae ampo el agua


Cada día está parado el joven esclavo

A la caída de la tarde en la fuente

Donde cae ampo el agua

Diariamente espera pálido y palidísimo


Una tarde se le acercó la princesa

Con apresuradas palabras

„Tu nombre quiero saber

tu patria, tu alcurnia“


Y el esclavo dijo: „Me llamo

Mohamet, y soy de Yemen,

y mi tribu es la de los Asra

los cuales mueren cuando aman.



(1) La repercusión de una traducción manipulada: los primeros poemas de Heinrich Heine en español. Carmen Gómez García.

La repercusión de una traducción manipulada: los primeros poemas ...

(2) En el siglo XX, el nazismo, depredó su imagen, pero eso es otra historia.


(3) En 1835 los escritos de Heine fueron totalmente censurados en territorio alemán".


(4) Berit Balzer. Hienrich Heine Antología poética. Ediciones de La Torre.Primera edición. Madrid. 1995. Página 17.


(5) Traducido por Jose carlos Contreras. Noviembre 2009.